viernes, 19 de junio de 2015

Volver a la vida



En esta entrada reproduzco un par de fragmentos del libro de Joana Macy "Coming back to life: Practices to reconnect our life, our world", traducido al castellano como "Volver a la vida" o como "Nuestra vida como Gaia: Prácticas para reconectar nuestros seres, nuestro mundo". Autora y académica de teoría de sistemas, ecología profunda y budismo.


Capitulo 2 


El Peligro más Grande: La Apatía, el Entumecimiento de la Mente y el Corazón 


Es la destrucción del mundo 
en nuestras propias vidas lo que nos vuelve
medios locos y más que medios. 
Destruir aquello que nos fue dado 
en confianza: ¿cómo lo soportaremos? 

Wendell Berry 

EL GRAN GIRO SURGE en respuesta a lo que sentimos y sabemos que le sucede a nuestro mundo. Implica tanto la percepción del peligro como los medios para actuar. Como seres conscientes y encarnados dotados de múltiples sentidos, estamos orientados a responder: saltamos instantáneamente fuera del camino de un camión, nos lanzamos a apagar un fuego, nos tiramos a una alberca para salvar un niño. Está habilidad de respuesta ha sido una cualidad esencial de la vida durante su evolución, pues permite adaptarnos a nuevos desafíos y genera nuevas habilidades. Permite que grupos y sociedades enteras sobrevivan mientras que sus miembros gozan de suficiente información y libertad. En términos sistémicos, la respuesta al peligro está función de la retroalimentación—el circuito de información que conecta percepción con acción. La respuesta apropiada depende de un bucle de retroalimentación libre.

Pero en la situación actual las cosas no son tan simples. Los peligros que acechan la vida en la Tierra son tan grandes y sin precedentes que son difíciles de creer. Las señales de peligro, que deberían llamar nuestra atención y unirnos en acción colectiva, tienden a tener el efecto opuesto. Éstas señales nos hacen bajar nuestras cortinas y ocuparnos en otras cosas. Nuestro deseo de distracción mantiene industrias multi-millonarias que nos dicen que todo va a estar bien si compramos este coche o aquel desodorante. Comemos carne de animales criados en fábricas y frutas y vegetales cultivadas por agro-empresas, conscientes de las hormonas y pesticidas que contienen, pero optamos por pensar que no nos causarán daño. Compramos ropa sin advertir su procedencia, prefiriendo no pensar en las fábricas de explotación laboral en las que se producen. No nos molestamos en votar, o si lo hacemos, votamos por candidatos que no abordan los problemas reales, esperando (contra toda experiencia previa) que repentinamente despertarán y actuarán audazmente para salvarnos ¿Nos hemos vuelto insensibles, nihilistas? ¿Nos ha dejado de importar lo que le ocurre a la vida en la Tierra?

Puede parecer así. Muchos activistas censuran la apatía publica. Para incitarnos, nos muestran aun más información terrorífica, como si no supiéramos que nuestro mundo está en problemas. Regañan y predican acerca de obligaciones morales como si no nos importaran de antemano. Sus sermones de alarma tienden a hacernos bajar completamente nuestras persianas, sofocando nuestra resistencia hacia lo que parece ser abrumador, complicado, fuera de control.

Es bueno considerar lo que es la apatía y comprenderla con respeto y compasión. Apatheia es una palabra Griega que literalmente significa “sin sufrimiento.” Dada su etimología, apatía es la inhabilidad o negación de experimentar dolor. ¿Cuál es el dolor que sentimos—y que desesperadamente tratamos de evadir—en este tiempo planetario?

Apatheia


Es de un orden completamente distinto al que conocieron los antiguos Griegos; no sólo pertenece a la ausencia de riquezas, salud, reputación o seres amados, sino también a pérdidas tan vastas que difícilmente podemos nombrarlas. Es el dolor por el mundo.

Dolor por el Mundo 


Los informativos y la vida a nuestro alrededor nos bombardean con señales de angustia—desempleo y familias sin hogar, contaminantes tóxicos cercanos y hambrunas distantes, ventas de armas y guerras. Estás noticias provocan en nosotros sentimientos de miedo, enojo y tristeza, aunque quizá nunca los expresemos. Compartimos éstas profundas respuestas en virtud de nuestra humanidad. El estar conscientes en nuestro mundo hoy es darse cuenta de un enorme sufrimiento y peligro sin precedentes.

Incluso palabras como miedo, tristeza y enojo, son inadecuadas para expresar nuestros sentimientos, ya que denotan emociones conocidas a nuestra especie desde hace mucho tiempo. Los sentimientos que nos acosan no pueden ser comparados con temores ancestrales de mortalidad y la “angustia y miles de retos que nuestro cuerpo ha heredado.” Su origen está dado mayormente por los intereses del yo personal que por las aprensiones del sufrimiento colectivo—de lo que ocurre a nuestra especie y las demás, al legado de nuestros ancestros, a las futuras generaciones y al cuerpo viviente de la Tierra.

Aquello con lo que tratamos aquí es parecido al significado original de compasión: “sufriendo con.” Es la aflicción que sentimos en nombre de la totalidad más grande de la que formamos parte. Es el dolor del mundo en sí mismo, experimentado por cada uno de nosotros.

Nadie está exento de ese dolor, de la misma forma que nadie puede existir en aislamiento en un espacio vacío. Es tan natural como la comida y el aire que usamos para crear lo que somos. Es inseparable de la materia, energía y la información que fluye a través de nosotros y nos sostiene como sistemas abiertos e interconectados. No estamos cerrados al mundo, sino que somos componentes integrales de él, como las células que conforman un cuerpo. Cuando el cuerpo es traumatizado, nosotros también sentimos ese trauma. Cuando flaquea y enferma sentimos su dolor, ya sea que le pongamos atención o no.

El dolor es el precio de la conciencia en un mundo amenazado y en sufrimiento. No es solo natural, es un componente absolutamente necesario en nuestra curación colectiva. Como en todos los organismos, el dolor tiene un propósito: es una señal preventiva que provoca una acción de recuperación. El problema por lo tanto no se encuentra en nuestro dolor por el mundo, sino en su represión. Nuestros esfuerzos para evadirlo o calmarlo hacen que nos rindamos ante la futilidad. En términos sistémicos, hay una reducción del bucle de retroalimentación y un bloqueo de la respuesta efectiva. 



FUENTES PSICOLÓGICAS DE REPRESIÓN 


Ninguna autoridad externa nos ha callado por completo. No hay fuerza física que nos impida dedicar nuestro coraje y creatividad a la protección de la vida en la Tierra. Entonces, ¿Qué es lo que ahoga nuestras respuestas como individuos y sociedades? Primero veamos algunas razones psicológicas de por qué reprimimos nuestro dolor por el mundo y después aquellas que derivan de fuerzas sociales y económicas.

Temor al Dolor 

Nuestra cultura nos condiciona a ver el dolor como algo disfuncional. Existen pastillas para el dolor de cabeza y de espalda, la neuralgia y los cólicos premenstruales, pero no hay pastillas, cápsulas o tabletas contra el dolor por el mundo. Ni siquiera una bebida fuerte realmente ayuda. Permitirnos contemplar la angustia por el mundo no es sólo doloroso sino aterrador, ya que parece amenazar nuestra capacidad de lidiar con la vida diaria. Nos asusta saber que si nos dejamos experimentar completamente esos sentimientos, podríamos quebrantarnos, perder el control o perdernos en ellos permanentemente.

Temor a la Desesperanza 

Un sentido global que proporcione significado a nuestras vidas es tan necesario como el oxígeno. Podemos hacer frente y soportar tremendas carencias con un coraje heroico mientras creamos que nuestra existencia tiene algún propósito que se entrevé en nuestras acciones. Ya sea que lo definamos en términos que templan nuestro carácter personal como los Estoicos, o en relación a la creación de una nación, como los pioneros. Pero si nos atrevemos a observar la crisis actual y lo que presagia, se muestran panoramas de pérdida sin precedentes que amenazan todo en lo que habíamos creído. Por esto es que, sino drenamos nuestras vidas de significado, optamos por no observar. Tememos que una vez que admitamos nuestra desesperanza, aunque sea a nosotros mismos y nos dejemos sentirla, nos paralizaremos.

Para la gente religiosa, el prospecto de perder la esperanza es particularmente desafiante. “Dios no dejará que esto suceda,” es lo que muchos de nosotros creemos o queremos creer cuando surgen imágenes de destrucción masiva en nuestras mentes. Incluso prestar atención a este tipo de imágenes pareciera contradecir nuestra creencia en una deidad amorosa y poderosa y en la bondad de la creación. ¿Acaso la desesperanza es un signo de una fe inadecuada?
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Temor a Parecer Morbosos

“Se sociable,” “sonríe” nos informa nuestra sociedad en su culto al optimismo. “Si no puedes decir algo agradable, no digas nada.” Esto fue lo que nos advertían a muchos de nosotros de pequeños. Una confianza optimista en el futuro ha sido el sello distintivo y fuente de orgullo nacional en las sociedades occidentales. Un deseo de imitar este patrón se esparce en el monocultivo global a través de las corporaciones multinacionales. En base a comerciales y campañas electorales, una persona exitosa exuda optimismo. En este contexto, sentimientos de angustia y desesperanza por nuestro mundo pueden presentarse como una falta de confianza en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

Desconfianza en nuestra Propia Inteligencia 

Muchos nos negamos a expresar nuestras inquietudes por miedo a exponer nuestra ignorancia o por envolvernos en un debate que requiera saber hechos y cifras mas allá de nuestro alcance. Las condiciones que afrontamos son complejas, interconectadas y difíciles de comprender. La economía global nos alienta a basarnos en “expertos” (científicos, economistas o políticos) que mantienen que no hay una conexión entre el uso de pesticidas y el asma, el uso de combustibles fósiles y el cambio climático o la falta de trabajos y los tratados de libre comercio. Es fácil dudar nuestro propio juicio, especialmente cuando otros alrededor están de acuerdo con la forma que funcionan las cosas. Está timidez intelectual, tan útil para aquellos que están en el poder, puede invalidar nuestra experiencia legitima de angustia.

Temor a la Culpa 

Muchos de nosotros en las Sociedades de Crecimiento Industrial sospechamos que somos cómplices de abusos terribles a otros seres y al cuerpo viviente de la Tierra. Es difícil participar en la vida socio-económica sin alimentarnos, vestirnos y transportarnos a cuesta del mundo natural y el bienestar de otros seres humanos. Peter Martin comenta acerca del dolor moral,

Muchos de nosotros sufrimos un vago e incipiente sentido de traición, de haber dado la vuelta equivocada, de haber dicho si o no en el tiempo menos adecuado y por las cosas inadecuadas, de haber puesto sobre nosotros una especie de culpa general, teniendo dos abrigos mientras que otros no tienen ninguno, o sólo teniendo demasiado mientras que otros tienen muy poco, y a pesar de ello seguimos viviendo nuestras vidas tal como son. 

También cargamos un sentimiento incipiente de responsabilidad por los actos masivos de violencia perpetrados por nuestros gobiernos.
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Temor a Causar Angustia 

El dolor por el mundo se encuentra reprimido no solo por culpa y vergüenza, sino también por compasión. No queremos preocupar a nuestros seres queridos, preferimos protegerlos de la angustia que cargamos. Así, enfocamos nuestra atención en los asuntos de todos los días. Está carga es especialmente pesada para los padres y madres. No queremos que nuestros hijos teman o se preocupen más de la cuenta en sus procesos de crecimiento y aprendizaje. Nuestro deseo profundo de protección puede impulsarnos a protegerlos de sentir y saber lo que le sucede a nuestro mundo.


Temor a ser Débil y Emocional 

Muchos nos abstenemos de expresar nuestras preocupaciones profundas por el mundo, no sea que demos la impresión que hemos caído presa de nuestros sentimientos. La cultura dominante blanca y masculina separó, desde hace siglos, la razón de la emoción. El pensar que la realidad puede ser comprendida de manera “objetiva,” situó un mayor valor en las operaciones analíticas del intelecto que en el reino “subjetivo” de los sentimientos e intuiciones. Aunque la psicología profunda y la teoría de sistemas han develado desde hace tiempo la falacia de la “objetividad,” los viejos hábitos mueren lento. Las respuestas teñidas emocionalmente son tomadas como signos de debilidad y la insensibilidad como evidencia de fuerza. Muchos de nosotros que crecimos en la sociedad occidental dominante o que vivimos en ella, ocultamos nuestro dolor por el mundo, incluso de nosotros mismos. Con frecuencia tememos que si lo expresamos o siquiera si nos referimos a él, seremos vistos como personas inestables y poco fiables, especialmente en el contexto laboral. Los hombres sufren mas que las mujeres al respecto, dada la imagen de seres fuertes e insensibles que se vende en la sociedad. Pero las mujeres también experimentan ese temor. Las mujeres reprimen sus preocupaciones ya que pudieran ser tratadas condescendientemente, “solo como una mujer.”

La Creencia en un Yo Separado 

Es difícil dar crédito a nuestro dolor por el mundo si creemos estar esencialmente separados de el. La tendencia individualista de la sociedad occidental nos condiciona a pensar de está forma. La psicología analítica dominante y su creencia de que nos guían impulsos competitivos y que nuestro sufrimiento surge solo de conflictos intrapsíquicos, también nos impulsa a creerlo. La psicología ha sido practicada como el estudio de la psique individual. Sin embargo, en las ultimas décadas el enfoque se ha ampliado a incluir el sistema familiar, pasando por alto los sistemas sociales, políticos y económicos en los que se desenvuelve. La gente asume que el coraje, el miedo o la ansiedad acerca del mundo son meras reflexiones personales de estados internos de conflicto. Si todos nuestros impulsos se centran en el ego, entonces nuestra angustia acerca del estado del mundo indica una anormalidad; tiene que ser alguna neurosis privada enraizada quizás en un trauma antiguo o en un problema no resuelto con nuestros padres que reflejamos a la sociedad en general. Así, estamos tentados a desacreditar sentimientos que emanan de una solidaridad con los demás seres, descartándolos como algún tipo de morbidez personal. “Aun en mi grupo de terapia dejé de mencionar mis preocupaciones por el cambio climático,” escribe un trabajador. Los demás en el grupo comentaban: “¿de qué estás huyendo en tu propia vida al preocuparte por estás situaciones?

Condicionados a tomar seriamente solo aquellos sentimientos que tienen que ver con necesidades y deseos personales, es difícil creer que podemos sufrir por la sociedad y por el planeta y que tal sufrimiento es real, valido y sano.

Temor a la Impotencia 

Probablemente la respuesta mas frecuente en referencia a cualquier amenaza global es algo como “no pienso en ello por que no hay nada que pueda hacer al respecto.” En un sentido lógico, esto es una incongruencia. Se confunde lo que puede ser pensado y sentido con lo que puede ser hecho. Esto es trágico, ya que cuando las fuerzas son consideradas como algo tan vasto que no pueden ser seriamente discutidas, se crean víctimas incapaces de pensar y actuar.

La resistencia a información dolorosa basada en el hecho de que “no podemos hacer nada al respecto” emerge mas del miedo a experimentar impotencia que de la impotencia en sí misma, entendida como nuestra capacidad de generar cambio. El modelo del yo que predomina en la cultura occidental es “yo soy el dueño de mi destino y el capitán de mi alma.” Esto nos desanima a confrontar cuestiones que nos recuerdan que no contamos con un poder absoluto sobre nuestras vidas. Sentimos que deberíamos de estar a cargo de nuestras emociones y nuestra existencia, de saber toda respuesta. Tendemos a reducir la esfera de nuestra atención a aquellas áreas en las que creemos poder ejercitar un control directo. Esto se vuelve una profecía: cuanto mas pequeña nuestra esfera de atención, mas pequeña será nuestra esfera de influencia. Nos convertimos tan impotentes como tememos ser.

El miedo es una prisión

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A continuación enumeramos explícitamente los principios del "Trabajo que Reconecta"

1. El mundo en el que nacimos y existimos está vivo

No es nuestro almacén o vertedero; es nuestro cuerpo magno. La inteligencia que nos hizo evolucionar desde polvo de estrellas y nos interconecta con todos los seres es suficiente para el saneamiento de la comunidad de la Tierra si nos alineamos con ese propósito.

2. Nuestra verdadera naturaleza es mucho mas antigua y extensa que el yo separado definido por el hábito y la sociedad

Somos parte tan intrínseca de nuestro mundo viviente como los árboles y ríos, tejidos en los mismos flujos de mente, materia y energía. Habiendo evolucionado hasta una conciencia auto-reflexiva, el mundo ahora puede saber por medio de nosotros, contemplar su propia majestuosidad, contar sus propias historias y responder a su propio sufrimiento.

3. El dolor por el mundo surge de nuestra interconexión con todos los seres, de la que también nacen nuestros poderes para actuar en su beneficio

Cuando negamos o reprimimos nuestro dolor por el mundo o lo tratamos como una patología privada, nuestro poder para tomar parte en la curación del mundo disminuye. No es necesario que está apatía se vuelva una condición terminal. La capacidad de respuesta a nuestro sufrimiento y al de otros (los bucles de retroalimentación que nos unen con la vida) pueden ser desbloqueados.

4. El desbloqueo ocurre cuando nuestro dolor por el mundo no sólo es validado intelectualmente sino también experimentado. 

La información intelectual de la crisis que enfrentamos o incluso de nuestras respuestas psicológicas, son insuficientes. Nos liberarnos de nuestro miedo al dolor—incluyendo el temor a quedarnos permanentemente estancados en la angustia o quebrantados por la pena—cuando nos permitimos experimentarlo. Solo entonces podemos descubrir su carácter fluido y dinámico. Solo entonces nuestra pertenencia en la trama de la vida se revelará a nivel visceral.

5. Cuando nos reconectamos con la vida aceptando sufrir su dolor, la mente recupera su claridad natural

No sólo experimentamos nuestra interconexión con la comunidad de la Tierra, sino que también surge una avidez mental que armoniza la experiencia con pensamientos del nuevo paradigma. Conceptos que se enfocan en las relaciones se tornan vividos. Aprendizajes significantes toman lugar, pues el sistema individual se reorganiza y reorienta basado en alcances más amplios de identidad e interés propio.

6. La experiencia de reconexión con la comunidad de la Tierra nos motiva a actuar en su beneficio

A medida que los poderes auto-curativos de la Tierra se asientan en nosotros, nos sentimos llamados a participar en el Gran Giro. Debemos confiar y basar nuestros actos en los poderes auto-curativos para que éstos operen efectivamente. Los pasos que tomamos pueden ser acciones modestas pero deben implicar cierto riesgo a nuestra comodidad mental, para no permanecer atrapados en limites viejos y “seguros.” El valor es un gran maestro que trae consigo gozo.


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